El gato en la luna

"I offer you lean streets, desperate sunsets, the moon of the jagged suburbs"

Sincronía

Mi mano sigue tu mano… A veces quedan juntas, y otras se separan… Y se buscan… Y se encuentran… Y se palpan… Y se ausentan… Y regresan…

Mi mano sigue tu mano… en un baile de dedos, uñas, piel y labios.

Estar juntos no significa estar atados

Mi mano sigue tu mano… Tu mano sigue la mia…

Las cabras y golondrinas siguen nuestro rastro.

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Un poema sobre tu piel

Quiero escribir sobre tu piel, porque tienes algo.

Pero ni siquiera sabría por donde empezar,

O como atrapar en letras el albor.

Quizás pudiera hablarte sobre esa forma que tiene tu piel de recoger en sí toda la luz de una habitación,

Pero no es tu piel, esa una cualidad inequívoca de tu sonrisa,

Que de tan transparente se le contagia a casi todas mis chicas.

Tal vez son tus ojos, que se me antojan negros,

Y aunque no lo sean no me importa,

Porque lo mejor lo mejor de tus ojos, no es que sean negros,

Sino como se arrugan al sonreír, develando la mejor de tus imágenes.

Otra vez, sigue sin ser tu piel.

Tal vez son tus labios, esos que solo me sacian cuando caen sobre mí,

Despistados,

Mientras cantas.

O tus manos, raíles de mis deseos y escamas,

Guarida de mis dedos, delicatesen para mi lengua traviesa,

Tus manos como arqueólogas intrépidas dentro de mis cabellos.

Podría decirte que es tu sexo,

Ese que no me agota, y aunque me agote, lo quiero,

Ese que trae dolor del bueno, cansancio de satisfechos y tranquilos, sueño contundente de uno encima del otro.

Ese sexo que transporta aureolas de limbo y mariposas.

Pero, continúa sin ser sobre tu piel.

Acaso es que no soy tan buena con los verbos,

O que el español se vuelve escaso donde comienza tu epidermis,

Pero no logro conjugar esa manera particular que tienes de caer sobre mi espalda,

Piel con piel,

Caricia sobre juego,

Ese olor a hombre, olor a calor que traes contigo, a calor nuestro, a calor de estrella.

La receta de tu sabor, una emboscada a mis sentidos,

El anzuelo que muerdo y me envicia… y sin saberlo, o peor, sabiendo, sigo mordiendo.

Ya lo ves, quiero escribir un poema sobre tu piel… porque definitivamente tienes algo.

Pero ni siquiera sabría por dónde empezar,

Que te digo terminarlo.

Préstamo de recuerdos

No más lo conocí, empecé a extrañarlo: extrañar esas conversaciones que aún no tenemos, esas manías que con el tiempo se le forman a dos, y hasta manera irrepetible y cotidiana de sonreír al hacerse el amor. Empecé a extrañar, sin quererlo, todas esas cosas de gente vieja y con el mundo bajo los pies. Él para entonces todavía tenía diecinueve años, y yo ya tenía demasiados demonios y miedos donde esconderme. No debí; debí protegerlo de ese ser raro que soy. Sucede que no sé cuándo pasó, tal vez era un día de esos en que sabes que la puta te ha ganado la pelea estrepitosamente, y te has quedado noqueada en tu esquina del ring, deseando solo pasar, así, inadvertida. Si algo le incitó a acercarme a mí, no lo hice yo. Yo solo hablé de amor, de poesía y poetas, de música, de sueños tirados y cementerios. Y mientras hablaba, me perdía en él: en su boca, en su atención vivaz, sus ansias vivas de devorar todo lo genuino, lo agudo, lo despierto del mundo. Quizás por ello, no dudé a unir mi mano sobre su palma, parecía me iba a revelar los secretos de la humanidad, pero no los grandes secretos, sino los pequeños, esos que solo se cuestionan gente curiosa. Y así lo hizo: me dijo sigue mi mano y simplemente la seguí y de pequeñas ondas con los dedos se nos contagió el cuerpo: brazos, codos, cabellos, un hilera de besos desorganizados, lenguas incautas, miradas que se esconden, risas de esas que sin motivo o justificación alguna aparece, sentí que hacía el amor como hace mucho tiempo no lo hacía, o mejor como nunca antes lo había hecho: hacía amor puro, el amor sin vicios, sin cepo, sin trabas, sin escudos (al menos no todos), ese amor que va más allá del cuerpo, que exige una desnudez espiritual sin precedentes, ese amor que solo se hace con un extraño. Amanecí semidesnuda, en sus delgados brazos y me fui como quien huye, espantada hasta la médula, sin recordar nada, sin creerme que esa podía en alguna vida ser yo, volviendo de poco al molde de mi rutina perfecta, el cual sin embargo, no volvía a contenerme.
Por eso estoy aquí: en el banco suizo de mi cabeza, apelando al lado más humano de ustedes otras que viven en mí. Sé que muchas veces nos he hecho sufrir, sé que ya no me quedan ni créditos, ni activos dentro de mí, pero necesito un préstamo de recuerdos, sin tasa de interés: necesito de una vez y por todas volver a esa noche y hacer las cosas exactamente igual, o tal vez haber seguido su mano un poco antes.

Cuando le veas…

Por favor, dale mi beso.
Un beso escondido, sin que se note.
Y dices para ti:
De Alicia…

Pd: no te preocupes que no entienda, que no sepa… para mí es suficiente seguirlo amando.

Sacando cuentas

Sacando cuentas, Joaquín, han pasado 365 días de aquel tropiezo tonto en las escaleras del Instituto… Y según tú sabías que otra vez verías a la chica de ojos verdes y tristes en algún lugar… Y según yo sabía que, aún sin verte bien, reconocería aquellos ojos negros en cualquier parte. Una disculpa, sonrisas, leve caricia entre manos desconocidas y mucho tiempo para volver encontrarnos… Sacando cuentas, Joaquín, a lo tonto ha pasado un año.